Hubo un ganador y un derrotado en cumbre histórica en Singapur

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Los tres países europeos que firmaron el acuerdo nuclear con Irán en 2015 -Francia, Gran Bretaña y Alemania- se frotaron los ojos ayer cuando leyeron la declaración final de la cumbre de Singapur. En ese documento esencial, el presidente norteamericano Donald Trump no había incluido ninguna de las condiciones que invocó como pretexto el 8 de mayo para justificar el retiro de Estados Unidos del acuerdo con Teherán.

En materia nuclear, que es el núcleo del diferendo, la declaración final no menciona la exigencia de “desnuclearización completa, verificable e irreversible”. En lugar de esa fórmula -varias veces repetida por Trump y su secretario de Estado, Mike Pompeo-, el texto se limita a evocar el vago compromiso de ambos países de “trabajar por la desnuclearización completa de la península coreana”.

Esa omisión significa -en concreto- el abandono de tres exigencias cruciales: la destrucción del arsenal actual, el abandono del programa nuclear con fines militares y la aceptación de inspecciones imprevistas, regulares y prolongadas de todos los sitios norcoreanos. Ese era uno de los principales reproches que Trump formulaba al acuerdo de 2015 con Irán. Tampoco prevé ninguna sanción en caso de ruptura de la promesa.

Trump, que es capaz de cambiar de opinión tres veces por día y de borrar con un tweet lo que firmó con la mano horas antes al pie de un documento diplomático, debe saber el riesgo que representa un acuerdo sin penalidades ni calendario.

El ocupante de la Casa Blanca, tan diligente para denunciar los errores y defectos del tratado de Viena firmado en 2015, solo pudo arrancarle a Kim el compromiso de destruir “dentro de poco” una “instalación mayor” de plataforma de lanzamiento de misiles. Pero ese compromiso -solo verbal- lo asumió en respuesta a un “pedido de favor” formulado por Trump para reparar un error cometido durante la cumbre. El autor del libro The Art of the Deal (El arte del acuerdo) había olvidado de evocar ese tema esencial durante las cinco horas de la cumbre.

En contraste con las exageradas expectativas que había suscitado, ese encuentro histórico, que realmente lo fue, permitió comprobar en forma evidente, por primera vez, cuáles son las verdaderas capacidades de Trump como negociar y -si se puede decir- como estadista.

Él mismo lo reconoció cuando explicó que “después de haber firmado el acuerdo”, le pidió a Kim: “Do me a favor; we’ve got this missile-engine test ingsite. We know where it is because of the heat. It’s incredible the equipment we have, to be honest with you”. (“Hazme un favor [sobre] ese sitio de prueba de motores de misiles. Sabemos dónde está debido al calor. Para ser honesto contigo, los equipos que tenemos son increíbles”).

El aspecto más inquietante de ese episodio no reside en que el Great Negotiator se haya olvidado de reclamar lo mismo que le reprocha a los occidentales de haber omitido en el acuerdo nuclear con Irán. Lo que resulta alarmante es que los diplomáticos que negociaron con el equipo de Kim durante toda la jornada del lunes y luego asistieron a la cumbre también desatendieron ese “detalle”.

Por lo tanto, la promesa de “trabajar por la desnuclearización completa de la península coreana” no significa nada si no existen sanciones ni contramedidas. En el pasado, después de recibir las ayudas acordadas por Estados Unidos y los países occidentales, Pyongyang torpedeó todas las negociaciones nucleares. Trump, sin embargo, decidió mantener todas las sanciones económicas vigentes hasta que no haya desaparecido por completo la “amenaza” que representan las armas atómicas norcoreanas.

Otra concesión desconcertante fue aceptar -a cambio de ningún gesto recíproco- poner término a los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur, que el régimen de Pyongyang considera como una provocación. Incluso reafirmó su deseo de retirar, llegado el momento, la presencia militar norteamericana en Corea del Sur: “Quiero traer a los muchachos de regreso a casa”, explicó.

“Eso permitirá ahorrar mucho dinero”, argumentó, como si el dinero fuera el eje principal de la doctrina de seguridad de Estados Unidos en la península por la cual combatió durante tres años y sacrificó la vida de 54 mil soldados.

Durante su conferencia de prensa, en dos ocasiones empleó el término “provocación” que pertenece al léxico norcoreano.

Además de haber ganado en la mesa de negociaciones, Kim también ganó la batalla del prestigio y de la imagen. Aún debe exultar pensando que Trump lo reconoció implícitamente como su igual, algo que no habían logrado ni su padre ni su abuelo. Incluso lo distinguió como un “very open, intelligent and honorable man” (“un hombre muy abierto, inteligente y honorable”). Esa situación general le pareció tan desproporcionada al propio líder norcoreano que, mientras caminaba junto a Trump, no pudo reprimir un comentario de asombro: “Mucha gente pensará que están viendo una película de ciencia-ficción”.

Su paseo del lunes por la noche, dejándose tomar selfies junto al ministro de Relaciones Exteriores de Singapur, también fue un efectivo golpe publicitario que contrastó con la actitud de Trump, encerrado en su hotel como un ermitaño.

“Kim tuvo una gran cumbre -resumió CNN- y ni siquiera necesitó hacer concesiones”.

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